“Sin título” J.C Álvarez Cabrero

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Dimensiones: 28×18 cm.

Tirada: 100 ejemplares firmados y numerados

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Descripción

La clave de su sabiduría es, naturalmente, su capacidad de observación, su enorme talento de mirón. Después, o antes, o al mismo tiempo, el trabajo en soledad, pero de eso y de sí mismo habla muy poco. Es un ser infranqueable (un hombre tranquilo, ¿intranquilo?, dije de él el año pasado), y la manera más eficaz de conocerle algo es ponerlo/exponerlo a los ojos del público. Todo está ahí. Es cuestión de interpretar sus guiños, que hablan de sus gustos y de sus opiniones y de su música y lugares… ¡El gran desmitificador!
Nunca ha sido un entusiasta de nadie, y mucho menos de ninguna obra. De grupos, historias, relaciona cuadros, unos con otros, descubre, encuentra. Cada cuadro es un desfile de influencias, pero el carácter especialmente narrativo de su obra, y de sus orígenes, parten del cómic. En la guerra de sus pasteles hay un rincón de ironía donde aflora el Tintín que Carlos lleva dentro: el urbanita y el arquitecto, el cartelista y cinéfilo que, como Eupalinos, dialogan un mundo propio de máxima expresividad y efectos gráficos.
La ciudad vivida y su apuesta por lo urbano son escenarios, bien documentados que nos permiten, reconocernos e identificarnos. El espectador, atrapado en un laberinto de sucesos y detalles, que son parte de su experiencia y, por tanto, una forma de complicidad, una especie de tela de araña, paciente, laboriosa, virtuosa, que Carlos teje y desteje para nuestros ojos, convirtiéndole. en un artista peculiar sólo dependiente de las mosquitas que consiga atrapar. Porque una de las cualidades de este cronista despiadado, de este viaje de miradas, es la densidad de sus cuadros, abigarrados, que nos recuerda a Hogarth y a El Bosco, de lejos, y en la forma, y a Otto Dix, de cerca, y en el contenido que destila amargo.
Estas pequeñas viñetas (a veces no tanto), están protagonizadas por seres que se le parecen (detrás del sarcasmo hay un punto de ternura y humanidad): hazañas bélicas, esquinas, amigos, cervezas Mahou…, máscaras que le sirven a él para pintarse a sí mismo. Es precisamente aquí, en los rostros, en las miradas, donde Carlos retrata mejor la angustia, el vacío, la soberbia o la fatuidad de seres perdidos en vagones de metro, en trifulcas de guerra, en la plaza del pueblo, en calles atestadas de seres soñolientos.
En su obra es muy importante el lenguaje de los objetos inanimados, que resultan textos de lenguaje tan efectivo como el de los protagonistas. Cada detalle tiene un sentido concreto y contribuye al sentido global de la obra. Nada es aleatorio, una vez más, hay al fondo de sus pinturas la misma mirada entrañable del primer plano, solo que, ahora, teñida de inocencia: un paquete de Ariel, un lavavajillas, algunos símbolos. En esto, y en muchas otras cosas, influyó en él su paso por la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo, su conocimiento del grabado le permitió hallar nuevas posibilidades expresivas y mayor precisión a la hora de definir detalles. Es consciente del valor artístico que este medio encierra. Darse a los demás, multicopiar su obra es uno de sus intereses. Una excelente opción comercial a disposición de todo el mundo, una estampa al alcance de muchos. Un éxito inmediato.

MARÍA ALVAREZ MORÁN
( De la exposición en el Museo de Bellas Artes de Asturias, 1998 )

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