Al comienzo de su ensayo Sobre la fotografía (Alfaguara, 2005), Susan Sontag admitía que «coleccionar fotografías es coleccionar el mundo (…). Significa establecer con el mundo una relación determinada que parece conocimiento, y por lo tanto poder».

Como tal, las fotografías interceden por nosotros a la hora de explicar el rumbo de la Historia, se muestran como testigos imperecederos de un pasado que evidentemente aconteció, pero que no todos conocemos -por cuestiones de diversa índole particular-. En palabras de Sontag, «las fotografías procuran pruebas. Algo que sabemos de oídas pero de lo cual dudamos, parece demostrado cuando nos muestran una fotografía (…). La imagen quizás distorsiona, pero siempre queda la suposición de que existe, o existió algo semejante».

Desde luego, Sontag puede tener o no tener razón, puede -incluso- tener razón y no tenerla al mismo tiempo, pero, a día de hoy, hay algo genuinamente cierto en su modo de pensar: coleccionar fotografías es coleccionar el mundo porque, de algún modo, el mundo entero se ha consolidado como el motivo fotográfico perfecto.

¿No se sacan, acaso, instantáneas de todo -y en cualquier momento-? ¿No nos sobran algunas imágenes, fotografías retocadas, álbumes enteros? ¿Para coleccionar el mundo hay que tener un carrete lleno de fotos frente al espejo? Supongo que esto no era lo que la ensayista norteamericana presentía cuando anotó para sí misma que «la fotografía se ha transformado en una diversión casi tan cultivada como el sexo y el baile, lo cual significa que la fotografía, como toda forma artística de masas, no es cultivada como tal por la mayoría. Es sobre todo un rito social, una protección contra la ansiedad y un instrumento de poder»; pero es lo que tenemos.

Fotografía y realidad

Hace un par de años, el fotógrafo catalán Joan Fontcuberta publicaba un ensayo titulado La furia de las imágenes. Notas sobre la postfotografía (Galaxia Gutenberg, 2016), y en él se hacía eco de una de las características menos estimulantes –a priori– de nuestro tiempo: la sobrexplotación fotográfica y la democratización del proceso, al igual que ya predijo Walter Benjamin a comienzos del siglo XX. «Parece obvio que padecemos una inflación de imágenes sin precedentes (…): habitamos la imagen y la imagen nos habita», apuntó -entre otras muchas cosas- en el prólogo de su proyecto.

Fontcuberta, que no es de la escuela testimonial sobre la que nos hablaba Sontag, siempre creyó que «toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera», y que «la historia de la fotografía» sólo puede ser comprendida como «un diálogo entre la voluntad de acercarnos a lo real y las dificultades para hacerlo», tal y como sostenía en otra de sus obras, El beso de Judas. Fotografía y verdad (Ed. Gustavo Gili, 1997). No obstante, valiéndose de una de las reflexiones del filósofo Guy Debord, al hablar de postfotografía -veinte años después- sostenía lo siguiente: «Allí donde la realidad se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se transforman en realidad».

Como en todo, los excesos nunca han sido buenos consejeros; sin embargo, la explotación desmesurada de la práctica fotográfica no tiene por qué ser radicalmente negativa. En cualquier caso, y como dicen los fotógrafos profesionales al mirar a través de su objetivo, sólo hay que tener buen ojo y saber focalizar. Afortunadamente, la discusión acerca de si la fotografía es una actividad artística -o no- ya se ha superado, y, ahora mismo, debates como estos lo único que hacen es aumentar su relevancia y su popularidad. Además, como diría Susan Sontag, «más importante que la cuestión de si la fotografía es o no es arte es el hecho de que la fotografía pregona (y crea) nuevas ambiciones para las artes. Es el prototipo de la tendencia característica de las artes refinadas de la modernidad».

En el fondo, quizás no debamos plantearnos si las fotografías sirven -o no- como testimonio fehaciente de nuestra existencia, sino que, tal y como sugiere el artista madrileño Chema Madoz, el futuro de la disciplina pasará por vincular ambas tendencias. De este modo, quizás haya que entender la fotografía como un mecanismo «para ampliar la realidad», para ensanchar nuestras fronteras; y en mercARTonline, por eso mismo, estaremos encantados de atender cualquier propuesta.