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Estudio de Desnudo VIII, Servando del Pilar

Estudio de Desnudo VIII, Servando del Pilar

Autor: Servando del Pilar

Técnica y soporte: Grafito sobre papel

 

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SKU: SERVANDO/D/019.
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Estudio de Desnudo VIII

Servando del Pilar

Servando del Pilar es un gozne, una pieza que permite dar continuidad a una posible historia de la pintura española. Su evolución como pintor nos lleva a transitar por un espectro híbrido entre la figuración costumbrista de un Julio Romero de Torres y el cubismo estricto de un Juan Gris, es la constante exploración de las técnicas vanguardistas (sobre todo del cubismo, pero no sólo del cubismo) aplicadas bajo control en un contexto de figuración realista.

 Formado inicialmente en Madrid, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en 1922 se traslada a París donde toma contacto con el cubismo. A diferencia de lo que ocurre en otras ocasiones, del Pilar no adopta el cubismo como estética rectora; no existe una transformación radical de la pintura de del Pilar a partir de 1922, más bien ocurre que el cubismo pasa a formar parte desde ese momento de su “paleta” habitual de recursos de experimentación. En la pintura de Servando del Pilar encontramos una aplicación medida de los recursos cubistas en torno a la perspectiva. Su pintura no es cubista: si tuviéramos que definirla podríamos decir que se trata de un realismo rarificado por una impronta cubista. Tampoco es un impresionista tardío: no hay voluntad de disolución del objeto en sus múltiples perspectivas simultáneas, tampoco se trata de la captación de sus leyes dinámicas. Si bien comparte afinidades tanto estéticas como técnicas con ambos movimientos. En la pintura de Servando del Pilar lo que se procura es forzar la representatividad aplicando una perspectiva no naturalizada. Es en esta dirección en la que se dirigen sus esfuerzos y en la que se sitúa su franja de experimentación. No se trata de una ruptura radical con la tradición, un cambio de fase por negación de todo lo anterior. En Servando del Pilar persiste el pulso de la técnica tradicional realista, el dibujo costumbrista característico del entresiglos español. En este sentido su posición como vanguardista es muy peculiar: en vez negar la técnica y estéticas anteriores (característica habitual de todas las vanguardias, desde el futurismo a, por ejemplo, el ultraísmo), inocula en ellas las nuevas con la intención de tensar el lenguaje tradicional hasta su límite. Hasta su límite, pero nunca más allá. La pintura de Servando del Pilar incorpora como propia la resistencia y la tensión de un lenguaje que antes de ser aniquilado quiere llegar a sus últimas consecuencias, que antes de ser desechado quiere agotarse.

Aun siendo un pintor de gran formación académica, su estilo es de cuño fuertemente personal. En un principio se podría encuadrar su trabajo en una estela de herencia impresionista; así por su paleta cromática y por una especie de lejana variación del puntillismo que del Pilar bautizó como “pintura plumeada”, consistente en pinceladas alargadas que cumplen la misma función estética que los puntos para los impresionistas pero que tiene unos efectos muy peculiares y ciertamente distintos a los logrados por los impresionistas. Aunque se trata de una técnica observable desde los años veinte, no es hasta los cuarenta, época en la que comienza a vivir en Tenerife, cuando la reivindica explícitamente a raíz de sus pinturas paisajistas.

 Es habitual clasificar la pintura de Servando del Pilar como post-impresionista. Efectivamente, como decíamos, se observa en su obra una impronta cubista fortísima, pero la técnica y estética cubista es en Servando tan sólo un recurso con el que experimentar la cuestión de la perspectiva espacial y cromática. Si bien es cierto que, dado su absoluto dominio de la técnica, creó cuadros netamente cubistas, acaso más como ejercicio, en el mismo sentido en el que realizaba copias de cuadros del Prado. En cuanto a la temática, entre sus lienzos podemos encontrar retratos, naturalezas muertas y paisajes, pero, sobre todo, casi como una obsesión, desnudos femeninos. Es en esta temática donde despliega del Pilar toda su gama de matices y en donde su aporte es más claro y distinto. Rostros hieráticos, sin pasión, coronan cuerpos voluptuosos, desnudos o prácticamente desnudos. El erotismo que provocan viene de la propia carne, nunca de una provocación intencionada y significada por la mirada. De haber mirada (ya que incluso en una buena parte de sus dibujos de desnudos llega hasta a prescindir del rostro si no de toda la cabeza), ésta es vacía. Las figuras de del Pilar no son insinuantes, sencillamente yacen allí, ante el que las observa, pasivas. La pasividad que transmiten es la de un objeto. Los cuerpos y, sobre todo, los rostros que representa, aparecen ahí con la neutralización psicológica que le permite la nueva técnica cubista. En cierto modo, al eliminar la complejidad psicológica de sus personajes los cosifica. Sus desnudos son, metafóricamente, naturalezas muertas.

Aunque murió en 1990, los años de intensidad y aportación de Servando del Pilar abarcan desde principios de los veinte a finales de los cuarenta. Antes de los años veinte, Servando del Pilar era un joven segoviano (Villacastín, 1903) que llegado a Madrid en unas difíciles condiciones -por las que se ve obligado a vender desde la infancia sus dibujos en la puerta del Museo del Prado- ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando destacando en seguida en ella y llegando a ser ya en 1921, con tan sólo 18 años, profesor de la misma. Hasta ese momento se trataba, como dice Alberti de él en un fragmento de su Arboleda perdida, de un joven con un excepcional don para el dibujo: “Mi poca paciencia como copista en el Prado la alternaba con algunas visitas al Casón, en donde había conocido, entre otros muchachos que allí dibujaban, a uno que lo hacía mucho mejor que los demás y que llegó a ser gran amigo mío”. Pero poco después de obtener su plaza como profesor decide trasladarse a París, ciudad en la que, gracias a algunos ahorros logrados como copista del Prado y al mecenazgo de Bernard Roux, permanece diez años. Es allí donde del Pilar incorpora definitivamente a su trabajo una paleta de recurso con los que experimentar sobre su formación de pintor figurativo realista. Su éxito, tanto en exposiciones colectivas como en diversas individuales hace que sea nombrado Socio de Honor de la Nacional de Bellas Artes de Francia en 1925 y del Salón de Otoño en 1926. Dos años después, en 1928, el Estado francés adquiere uno de sus cuadros con motivo de una muestra en la sala Druant. En 1929 una obra suya es seleccionada para rotar por diversos países del norte de Europa. En ese mismo año vuelve a España y forma parte de grupo de creadores del Salón de los Independientes, entre los que también se encontraban Rafael Botí, Cobo Barquera, Insúa, Arronte, Isaías Díaz, Félix de Torre, Ponce de León, Pablo Zelaya, Díaz Caneja y López-Obrero. En 1930 fue elegido por la Fundación Carnegie, junto a Gutiérrez Solana y Vázquez Díaz, para participar en una exposición sobre la nueva pintura española en Estados Unidos.

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